Entrevue
Entrevista con el quincuagésimo séptimo presidente de Haití, Jocelerme Privert, realizada por Raphael Nuñez de Diario libre.

1. Hace cuatro años, unos sicarios asesinaron al presidente Jovenel Moïse. ¿Se ha hecho justicia?

Han pasado ya más de cuatro años desde que el presidente haitiano, Jovenel Moïse, fue cobardemente asesinado en su residencia. Desde aquella tragedia, la investigación judicial abierta en Haití ha conocido una sucesión de magistrados sin lograr, hasta el día de hoy, identificar a los verdaderos autores e instigadores del crimen.

Mientras la justicia haitiana se hunde en una instrucción perpetua, la que llevan a cabo las autoridades judiciales de Estados Unidos avanza con rapidez. Varias personas implicadas ya han sido juzgadas y condenadas, o están a la espera de su proceso. Este contraste resalta de manera amarga las fallas estructurales de nuestra institución judicial. Así, la nación se ve privada del acceso a la verdad y a una justicia digna de ese nombre. La impunidad persiste, y con ella, una herida abierta en la conciencia colectiva.

2. ¿Qué faltó en la investigación de este incidente para recuperar la confianza no solo a nivel nacional, sino también dentro de la comunidad internacional?

Francamente, nadie puede justificar razonablemente semejante anomalía. El auto de cierre dictado por el juez de instrucción encargado de la investigación en torno a este asesinato identificó formalmente a varios imputados, remitidos ante una jurisdicción penal. Sin embargo, a pesar de la gravedad de los hechos que se les reprochan, todos proclamaron su inocencia e interpusieron inmediatamente un recurso de apelación.

El procedimiento se reactivó, en particular con la audiencia de las personas detenidas, así como de aquellas aún en libertad pero mencionadas en la investigación. Lo especialmente preocupante es que algunos inculpados —entre los más influyentes— se refugiaron en el extranjero y se niegan categóricamente a responder a las citaciones de la justicia. Las órdenes de arresto emitidas en su contra han quedado, hasta ahora, sin efecto.

Este disfuncionamiento ilustra, una vez más, el impacto de esta larga crisis política sobre los cimientos mismos del Estado haitiano. El poder judicial, al igual que el ejecutivo y el legislativo, sufre las consecuencias directas. Su incapacidad para garantizar una justicia equitativa y accesible a todos refuerza el sentimiento de impunidad y contribuye al colapso de las instituciones que deberían garantizar la democracia y el Estado de derecho.

No hay que olvidar que el propio presidente Jovenel Moïse había reconocido públicamente, desde el extranjero, haber sido obligado a nombrar a unos cincuenta jueces corruptos. Esta declaración, tan grave como simbólica, dañó profundamente la credibilidad del sistema judicial.

Hoy, es urgente —diría incluso vital— emprender una reforma profunda del sistema judicial. No solo para restaurar la confianza de los ciudadanos, sino también para devolver al país una imagen de seriedad y credibilidad a nivel internacional. Sin justicia, no puede haber ni paz duradera ni democracia real.

3. ¿Cuáles son los problemas que llevaron al primer pueblo libre de América (Haití) a caer en el hoyo en el que se encuentra hoy?

Responder a esta pregunta planteada ya en 1882 por Edmond Paul, en Las causas de nuestros males, no es fácil, pues los problemas de Haití son profundos y múltiples. La antigua colonia francesa, tras conquistar su independencia al precio de la sangre, tuvo que enfrentar la hostilidad de las potencias esclavistas. En 1825, se vio obligada a pagar un rescate exorbitante para el reconocimiento de su libertad, endeudándose fuertemente con los bancos de los antiguos colonos. Esta doble deuda, sumada a las divisiones internas entre antiguos libres y nuevos libres, hipotecó duraderamente los esfuerzos de construcción nacional.

En la época contemporánea, cuarenta años después del fin de la dictadura de los Duvalier, las promesas de la Constitución de 1987 siguen inconclusas. Los derechos, el pluralismo y la alternancia democrática deseados por el pueblo nunca han sido prioridades para los actores políticos, demasiado a menudo refractarios a las exigencias de un régimen democrático. Desde 1990, la inestabilidad institucional —marcada por administraciones provisionales repetidas y disfuncionamientos constantes en el poder legislativo— ha hundido al país en una espiral de incertidumbres y vacío jurídico.

A estas fragilidades políticas se suman graves crisis económicas, sociales, humanitarias y medioambientales, agravadas por las catástrofes inevitables de 2010, 2016 y 2021, cuyas secuelas sobrepasan ampliamente las capacidades nacionales. Estos desafíos requieren esfuerzos conjuntos, nacionales e internacionales, para poder iniciar un verdadero proceso de recuperación.

4. ¿Qué necesita Haití para avanzar como los demás países democráticos del continente y convertirse en un Estado democrático fuerte?

Hace ya seis largos años que el país carece de Parlamento. Las colectividades territoriales son dirigidas por agentes ejecutivos interinos, desprovistos de toda legitimidad electoral. Desde hace casi cinco años, el poder ejecutivo, en sus dos ramas, también es ejercido por dirigentes ilegítimos. Entre 2010 y 2025, Haití solo ha organizado una elección —la de 2015-2016— y, desde hace cuatro años, no existe ya ningún elegido en el país. Es el derrumbe total de nuestras instituciones republicanas.

La transición abierta por el asesinato del presidente Jovenel Moïse, el 7 de julio de 2021, se ha convertido en la más larga jamás registrada bajo el marco de la Constitución de 1987. Ahora bien, la misión de todo gobierno de transición es clara: restablecer la normalidad constitucional e institucional. Ninguna transición anterior superó los dos años. ¿Cómo entonces esperar ofrecer mejores condiciones de vida a nuestros conciudadanos, si nuestra única ambición colectiva sigue siendo la perpetuación de una transición sin fin, donde la lucha por el poder suplanta al interés general?

Haití tiene una necesidad vital de paz, seguridad y estabilidad política, condiciones indispensables para el progreso económico y social. Es urgente que las autoridades actuales —de facto— asuman su responsabilidad creando las condiciones necesarias para la organización de elecciones generales creíbles e inclusivas. Este es el único camino que permitirá al país reintegrarse plenamente en la comunidad de Estados democráticos del continente y abrir finalmente la vía hacia un futuro mejor para su pueblo.

5. En el seno de las Naciones Unidas, ¿se ha establecido una misión de 5.000 hombres para restablecer la estabilidad y organizar elecciones libres tras el fin del mandato del Consejo Presidencial de Transición?

En efecto, la información disponible sugiere que una iniciativa fue presentada por la administración estadounidense, con el apoyo del gobierno de Panamá, ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con el fin de autorizar el despliegue en Haití de una fuerza multinacional estimada en 5.500 hombres. Esta fuerza tendría como misión principal neutralizar a las bandas armadas, restablecer la libre circulación en las principales arterias del país y contribuir a la creación de un clima de seguridad propicio para la organización de elecciones libres, creíbles y transparentes.

El Consejo de Seguridad, en la tarde de martes 30 de septiembre 2025 aprobó una resolución que autoriza el despliegue de esa fuerza. El pueblo haitiano está hoy al límite, abrumado por una inseguridad generalizada que parece instalarse en todas las regiones del país. A diario, las pandillas armadas, con total impunidad, imponen su ley, matando, violando, saqueando e incendiando las residencias de ciudadanos pacíficos.

Ante esta tragedia nacional, es urgente que las fuerzas nacionales de seguridad, con el apoyo efectivo de esta nueva fuerza multinacional (FMR), logren restablecer la autoridad del Estado y pongan fin, de manera definitiva e irreversible, a este reino de terror. La población ya no puede más seguir pagando el precio de las decisiones irreflexivas de los líderes políticos que han fortalecido el control de estos criminales sobre el país. Es el futuro mismo de nuestra nación y de nuestra democracia lo que está en juego.

Dicho esto, conviene subrayar con fuerza que, si bien la comunidad internacional puede ofrecer un apoyo técnico, de seguridad o logístico, la responsabilidad primera y exclusiva de la organización de las elecciones, de su credibilidad y de su transparencia recae en las instituciones haitianas. Son ellas quienes deben garantizar que el pueblo haitiano pueda elegir libremente a sus dirigentes, en el respeto de las normas democráticas y de los principios de soberanía nacional.
6. ¿Es usted optimista de que, con la colaboración de la comunidad internacional, Haití pueda salir de las crisis multidimensionales a las que se enfrenta?

Tengo la profunda convicción de que Haití puede salir de esta crisis, pero bajo una condición esencial: que el esfuerzo venga primero de los propios haitianos. Ninguna solución duradera puede imponerse desde el exterior. La comunidad internacional puede desempeñar un papel de apoyo, ofreciendo acompañamiento técnico, logístico y financiero, pero somos nosotros, haitianos y haitianas, quienes debemos definir el camino a seguir y asumir nuestras responsabilidades.

Lo que necesitamos hoy es restaurar la confianza, garantizar la seguridad y crear un clima político estable. Si logramos construir un consenso nacional sólido, con el apoyo de la comunidad internacional, para restablecer las condiciones de seguridad, organizar elecciones creíbles y restaurar una gobernanza legítima y eficaz, podemos volver a colocar al país en la senda de la estabilidad y el desarrollo.

Haití atraviesa hoy uno de los períodos más difíciles de su historia reciente. Pero sigo convencido de que, a pesar de las pruebas, nuestro pueblo posee la resiliencia, la inteligencia y la capacidad de levantarse. No tenemos derecho a ceder al desaliento ni a resignarnos al fracaso. El verdadero desafío hoy es colocar el interés nacional por encima de las ambiciones personales, recrear la confianza entre las instituciones y los ciudadanos, y devolver la esperanza a una juventud en busca de futuro.
7. Finalmente, ¿tiene un mensaje para los haitianos que están en Haití y para aquellos que viven en la diáspora?

Mis largos años de servicio en el sector público me han permitido tejer lazos de cercanía y gozar de la confianza de numerosos compatriotas, ya pertenezcan al mundo político, al sector privado o a la sociedad civil. Regularmente me solicitan intercambiar sobre la situación general del país y sobre las disposiciones a tomar para acabar con esta crisis. Mi mensaje es siempre el mismo: un llamado a la responsabilidad ciudadana, a la unidad de los hijos e hijas de la patria común y a una toma de conciencia colectiva, únicas capaces de afrontar el desafío de la transformación de Ha ití, en un país democrático, estable, prospero, competitivo y solidario.

A quienes viven en Haití, les digo que es urgente reavivar la fe en nuestras instituciones y restaurar la confianza entre gobernantes y gobernados. El país no podrá avanzar si cada uno sigue privilegiando sus intereses personales o de clan. La reconciliación nacional, el respeto de las reglas democráticas y un compromiso ciudadano renovado son las condiciones indispensables para reconstruir el Estado y garantizar la seguridad, la justicia y el bienestar de todos.

A nuestros compatriotas de la diáspora, quiero recordarles que su papel va mucho más allá del valioso apoyo financiero que brindan a sus familias. Representan un activo mayor para la nación: han adquirido un saber hacer, una experiencia y redes en varios ámbitos. Hoy más que nunca, Haití necesita su participación activa en la elaboración de una visión nacional de desarrollo, en la modernización de nuestras instituciones, en el fortalecimiento de nuestra economía y en la transmisión de sus competencias a las generaciones más jóvenes.

Finalmente, a todos los haitianos, lo repito: ninguna ayuda exterior, por necesaria que sea, podrá sustituir nuestra voluntad colectiva de cambio. La historia nos muestra que cada vez que hemos sabido unirnos, hemos logrado grandes cosas.

Haití no renacerá por milagro. Renacerá por nuestro valor al mirar la verdad de frente, por nuestra determinación a superar nuestras divisiones y por nuestro compromiso de construir, piedra por piedra, un Estado digno de su pueblo. No tenemos derecho a legar a las futuras generaciones un país en ruinas y sin esperanza. Juntos —haitianos del interior y de la diáspora—

hagamos de nuestra historia de luchas y sacrificios, no un fardo, sino una fuente de inspiración para construir, por fin, el Haití que merecemos.